La ópera, que se estrena el martes en el Teatro Real, contiene una de las primeras escenas operísticas que retratan musicalmente la pérdida de la cordura de un personaje
En las óperas de la primera mitad del siglo XIX, las grandes heroínas románticas coparon casi en exclusiva los momentos en que la razón quedaba anulada, bien porque experimentaban alucinaciones, vivían episodios de sonambulismo, se sumían en estados melancólicos o, simplemente, se desasían momentáneamente de la realidad.
Como harían un siglo después los Wanderer, los errabundos románticos, empeñados en hablar con objetos inanimados, o apelar incluso a partes de su cuerpo, o a la luna, asociada simbólicamente a los accesos temporales de locura , Orlando acaba dirigiéndose a sus ojos y lo hace “a tempo di gavotta”, como escribe Handel en su manuscrito, es decir, a ritmo de danza.